Aquella noche

aquella_nocheMe gustaría conversar con ella, no por la tarde, tampoco por la mañana. Me gustaría escuchar sus historias y pensamientos por la noche, acompañado por el suave sonido de algún reloj nocturno. Me gustaría mirarla a la luz de la luna, y sin que ella se dé cuenta ver su semblante iluminado por las luces del algún farol de cualquier calle. Pensar en el minuto cubierto del color de sus ojos con el sonido de la noche, me gustaría sentir su sonrisa como quien siente la brisa que sale de las calles silenciosas. Me gustaría que me cuente algo que solo es suyo y que luego, con sus manos silenciosas, me haga sentir que ahora, también es parte mío, y luego de que varios minutos lleven su nombre, brindar por esa noche, que quizás, sea la única noche.

El tiempo pasa y entre charlas imaginarias y caminatas solitarias las primaveras cambian. Caminando una noche sin luna, cerca a las once, me decido entrar a un bar; un par de cervezas me bastan para imaginarla a mi lado, su sonrisa tan cálida como sus abrazos hacen que delire un poco más, —otra vez alucino— murmuro y sin pensar seco el vaso de cerveza helada que ya estaba a la mitad. Pido otra cerveza y al voltear, ella sentada a mi lado, empieza a contar parte de sus días y parte de sus romances, lleva el cabello suelto y cada vez que con sus manos lo recoge hacia atrás, puedo explorar su cuello tal cual artista que la estudia con precisión para componer una melodía. Su silueta sentada a mi lado se siente libre, como un huracán de alegría que da brisas de locura y aromas de ilusión. Su sonrisa me dice que se alegra de verme, —después de tanto tiempo por fin—repite alegremente ella, regalándome así instantes eternos de alegría.

Un momento de cordura conquista un minuto de nuestra noche y después de un suspiro me dejo llevar por la nostalgia, al igual que la luna esta noche, ella tampoco está. El bar casi vacío tiene una mesa de billar y pienso que a ella le gustaría jugar, después de un tequila ella, sin darme cuenta en qué momento volvió, me propone jugar, —¡pues juguemos!— le digo, —pero antes bridemos con este tequila, que aunque hayamos brindado muchas veces con diferentes personas, que sea esta noche para nosotros nuestra primera vez—; ella sonríe y después del brindis empezamos a jugar.  Una partida ganada, luego una perdida, la alegría de ganar que nace de ella hace que quiera perder las partidas solo por ganar el sentimiento que me da su sonrisa y su felicidad.

El amor nunca fue un compañero fiel en su vida, tampoco en la mía. Sus palabras son como semillas que hacen florecer, en mí, pensamientos con sentimientos propios, matices que llevan sus expresiones y conjeturas con sabor a tequila y limón. No encuentro el momento para decirle lo mucho que la quiero, no encuentro el instante de mostrar mis sentimientos sin que la cordura me reprima, ella es libre y su libertad me ayuda a volar, ella es fuerte, pues su fortaleza es reconocer sus debilidades. Sólo un beso —pienso— sólo un beso esta noche, pero no tengo valor para hacerlo, entonces un abrazo lleno de su perfume, —vuelvo a delirar—pero presiento que eso no será suficiente.

Volvió a ganar. La veo saltar de felicidad, su locura se queda sentada mientras ella salta de emoción y alegría, una apuesta nace entre risas y ella sonríe como si fuera la última noche de esa noche. Las estrellas no están y en cinco minutos ella volvió a ganar. Una vez estuvo enamorada de alguien, compartió sus días con él, alguna vez ella beso con pasión e ilusión, pero los sentimientos fuertes de antaño, poco a poco, se hicieron palabras que nadie quiso escuchar.  Algún tiempo ella compartió su libertad con alguien que no quería ser libre, y en un momento de la vida ella quiso que un instante sea una eternidad, pero la eternidad no comprende de instantes y en un noviembre de algún año, sin previo aviso, cayeron por su rostro copos de nieve que vivieron con ella la ilusión de un amor que no pudo ser. Luego, ella durmió largo tiempo de nuestro tiempo hasta que despertó, su sonrisa congelada por la nieve volvió a florecer y su alegría volvía a gritar cada vez que ganaba una ronda de billar.

Un instante más —pensaba ya sin poder pensar— un instante más antes que se termine la canción, un momento más antes que la eternidad sea sólo un par de segundos en lo infinito del universo, sólo una apuesta más, sólo una sonrisa más, pero nuestro tiempo pasa, la canción siempre tendrá un final. Salgo del bar y me doy cuenta que la noche sin estrellas y sin luna, es tristemente solitaria, las luces de las calles me acompañan y cuando volteo para ver por última vez el bar de los tequilas, me doy cuenta que ella camina a mi lado, me sonríe y me dice que la pasó bien, sonrío y pareciera que las calles ya no están tan vacías como antes. Llegamos a un edificio, ella me dice que ahí es donde se queda esa noche, yo le pregunto si nos podemos ver al día siguiente, ella responde que sí, la abrazo fuerte y me imagino que lleno de valor le doy un beso, ella sonríe quizás imaginando el beso, —hasta mañana—le digo, luego me voy.

Caminando a casa pienso que tengo que darle un regalo al día siguiente, —ya sé qué quiero obsequiarle— me repito camino a casa, llego a casa y busco el regalo, lo dejo a un lado de mi mesa, recuerdo el beso que le di y con una sonrisa me dirijo a mi cama pues en un par de horas me encontraré con ella. Ya en cama, antes de dormir, un pensamiento me altera los sentidos, recuerdo que no la bese, con tristeza recuerdo que no pude hacerlo, a pesar que lo sentí, no fue un beso, me entristezco y pienso en dormir, pienso que al día siguiente si lo haré, pienso que puedo hacerlo y encuentro el sueño.

Son las once de la mañana y despierto entusiasmado, sin saberlo mi primera mirada es hacia la mesa donde coloque el regalo, aún está ahí. Me levanto y cuando de mi semblante nace la primera sonrisa, un miedo se apodera de mí.

Comments

comments