Berlín
Prenslauer Alle, un tipo se me acerca y pregunta –¿Tienes un ticket del tren que ya no necesites?– Sus dos perros jugaban con otro tipo de casaca negra, cabello pintado y una cerveza en la mano, hacia mucho frio esa tarde, habían pasado solo dos días de mi llegada a Berlín y como estaba viajando sin ticket le tuve que mover la cabeza apurado dando una negativa, mientras él preguntaba a todo aquel que pasaba, yo subía las escaleras y me preguntaba algo que ya no recuerdo.
Tenía los ojos tristes, cada instante miraba al cielo y recordaba una que otra broma, miraba lo largo de la carretera y pensaba en el final, tal vez, de ese viaje que siempre quiso empezar, no lo llegue a conocer bien, dicen que todos nacen con una estrella y dicen por ahí que el nació en un día vacio, donde las estrellas no daban más que el eco de mundo, se podría decir que era mi “pata”, no recuerdo exactamente su tono de voz, ni mucho menos su dejo, no recuerdo donde nos llegamos a conocer, pero si, recuerdo que en su silencio me explicaba lo tranquilo de su rostro y en el vacio de sus ojos, encontraba un eco profundo, recuerdo las tardes en verano, cuando en esa plaza de la esquina charlando sobre temas triviales, nos dábamos a conocer un poco más. Ahora que pienso en él, recuerdo lo que fue Berlín y de alguna forma me doy cuenta lo rápido que el tiempo pasa, los años en Europa visten ya casi todo mi cuerpo y como siempre, aludo a decir que he aprendido mucho, dicen que el tiempo hace que madures, tal vez sea por los golpes que el mismo tiempo trae consigo, por las alegrías que te da y que algunas veces te las quita, por los triunfos bien corajudos y las penas bien negras y obvio, por los amores perdidos como por los amigos ganados, por las noches de bares en que un “pata” te tiene que llevar, o tu llevar a uno y al día siguiente..Oh…el “nunca más volveré a tomar”, pero una semana después aceptando invitaciones para alguna que otra fiesta, ¿sería eso por un sentimiento de no querer quedarse en casa, de soledad? pero en fin, dicen que es el tiempo, con todo su significado, que te hace madurar, bueno eso dicen. Recuerdo que cerca a esa plaza de la esquina, había otra plaza muy famosa por estos lares, ahí se reunían los “otros”, en esas tardes de verano, de aburrimiento social, donde el corazón busca con quien conjugar las vivencias de esta sociedad, se reunían, en su mayoría, los latinos del antiguo Berlín, mientras uno contaba lo interesante de un libro, el otro prefería contar las botellas puestas cuidadosamente en el piso cerca a alguna banca, y alguno prefería dar luces a sus cualidades de payaso, con el tiempo esa plaza era tabú para aquellos que recién llegaban a Berlín ya sea por encargo de algún tío o pariente cercano-lejano, pues, según dicen las malas leguas, en la comentada plaza, aparte de intercambiar conocimientos, ya sean etílicos, espirituales o de otra índole, también intercambiaban malas costumbres, como el de encariñarse mucho a ese fascinante hobby de contar botellas vacías de cerveza, así que los recién llegados tenían que buscar su propia plaza, donde sin mucho disimulo hacían lo mismo que los antiguos de la capital teutona, es ahí donde recuerdo más al amigo de los ojos tristes, no por las bebidas que nos refrescaban en verano, sino más por las historias que a veces se le escapaban, pues daban la sensación que ya había recorrido una gran parte del camino que muchos de nosotros queremos o tenemos que recorrer, sus historias no eran para llorar, pero si para meditar, se le escuchaba a veces triste, extrañando algo, a alguien, queriendo algo, queriendo luchar por ese algo, y aunque su pasado laceraba su corazón, su futuro dependía de el. Pensaba en él y pensaba en la gente de la plaza tabú, muchos de ellos viviendo solo del estado y sin tener interés en buscar un trabajo; algunos intentando justificar su existencia con un brindis por haber logrado llegar acá. Son dos tiempos distintos, aun así, dos plazas iguales, tal vez uno más maduro que el otro. Dicen por ahí, que el madurar depende del tiempo, ¿o depende de lo vivido?, bueno para vivir necesitas tiempo, y aunque algunos viven mucho en muy poco tiempo, no son mejores que aquellos que viven poco en mucho tiempo, tal vez, el madurar también tiene alguna especie de reglas, a las que uno tiene, de alguna manera, regirse y verlas en su debido tiempo, pues si no, te quedaras en la misma plaza, viendo el final de aquel viaje que siempre quisiste empezar.
Con un abrazo saludo a mi tío, él como siempre muy amable, corresponde mi abrazo y nos ponemos cómodos, las preguntas de rutina empiezan después de haber recibido el primer vaso de jugo, yo le cuento lo extraño que es la capital Bávara y él me pone al día con algunas novedades de interés común. Recuerdo que por un sueño me fui en busca de mi propio camino, llegando muy al sur, la aventura iba guiando mi camino mejor de lo que acertara a desear, viendo muchos gigantes y sin tener un sancho ni mucho menos una dulcinea, arremetí contra esos bárbaros que no tardaron mucho en devolverme a la realidad, ¡Si!. Me di cuenta que, necesitaba un Rocinante para semejante acción. Emprendí la retirada estratégica y me vi pisando nuevamente suelo capitalino, un poco destrozado por las vicisitudes de la vida, pero aun con fuerzas para seguir pensando, pero bueno eso, es otra historia. Después del tercer vaso de jugo y ya queriendo abrir una botella de cerveza para finiquitar la visita, le pregunto curioso sobre el chico de las historias tristes, recordando uno que otro detalle de su carácter y ya secando el primer vaso de cerveza, él me contesta –En las tardes de verano, llega a la plaza invitando cervezas al grupo que se encuentra ahí, se queda hasta muy tarde y nunca tiene resaca–
Ya mirando la botella vacía y de reojo las manecillas del reloj de pared que por los años parecían más curvas que líneas, empiezo con el rito de la despedida, sin antes prometer visitarlos más seguido, y haciendo planes a medio para futuros encuentros, busco mi casaca y después de un cuídate, emprendo el camino a casa. ¿En qué momento habría acabado sus sueños? ¿Donde es que los extravío? Siempre pensé que su alma ya estaba curtida y podría enfrentar muchas adversidades. Me preguntaba si solo fue una impresión mía, que en realidad él no era así o que con el tiempo se dejo vencer y en vez de “madurar” solo se dejo caer. No recuerdo si había luna esa noche, solo recuerdo el viento que ya cantaba para dejar bailar a las hojas, en esta época meditar es, a veces, triste. ¿Será por el baile?, extraño baile que conjuga hermosura con tristeza, que forma una alfombra de lo que alguna vez fue, y ahora solo es un decir. Una brisa más fría de lo habitual, me devuelve al tema principal, y con algo de pena caminando por la alfombra de lo que alguna vez fue, me decía –Por lo menos no se quedo en la misma plaza, avanzo un poco más–
A paso de soldado, apresuro entrar a la estación del tren, aquel que me llevaría a mi nueva casa, intentando ordenar las ideas, no me percato que una voz se me acercaba, ya contando con mi atención, esa voz extraña me pregunta –¿Deseas comprar un ticket del tren?, vale aun para dos horas– a mi sorpresa era la misma voz, que cinco horas antes, preguntaba si no tenía un ticket que ya no necesitaba, la única diferencia fue, que ya no eran dos perros, eran cinco y unas miradas más, que contaban las botellas del piso.
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