El árbol de mi casa

Fue una tarde del cuarto día del mes que llegue a la ciudad que me vio partir, el sol brillaba como era costumbre ese mes de Agosto y en la sombra se sentía el frio de los más de tres mil metros sobre el nivel del mar, —Vayamos en taxi— pensé, pero la decisión fue única, iríamos en bus, uno de esos buses antiguos donde el cobrador siempre grita que al fondo hay sitio, parado veía las calles de ese barrio que alguna vez me prestó sus calles para jugar un partido de fútbol improvisado, dos piedras nos servían como arcos y la pelota a penas si rodaba sobre el asfalto que no tenía mucho tiempo de inaugurado. Como habían cambiado esas calles, ya no existía la casa del vecino, ahora en su lugar se formaban ladrillos que edificaban las bases de un imponente edificio que le daba al barrio, un tono de modernidad.

El polvo se mezclaba con el sonido de los autos y aún se podían ver ahí las vendedoras de verduras y otras cosas, bajamos del bus y a cada paso que daba, sentía que el recuerdo volvía, ha pasado tanto tiempo desde la última vez que estuve ahí, fueron ocho largos años, el color de la fachada de la casa tiene ahora un matiz diferente, abrimos la puerta, dos perros vienen a nuestro encuentro, uno mas viejo que el otro, solo reconozco al viejo, aún lo recuerdo de la última vez que estuve ahí, y éste ya está viejo, viene hacia mí y me lame las manos, se le escucha aullar mientras el perro joven me mueve la cola, ahí está el árbol de peras que deje cuando partí, ahí está el jardín donde mi padre pasaba tantas horas del día, ahora hay más arboles, hay uno de higos y otro de manzana, me detengo un momento y acaricio el árbol de peras que varias veces me acompaño en mis sueños. Recuerdo que en verano, nos sentábamos bajo el árbol y la sombra de éste nos daba una tranquilidad singular, el patio ahora se ve muy vacío. Mi tío y su esposa fueron los únicos que se quedaron en una parte de esa casa grande, mis padres ya no querían volver a dormir más bajo ese techo que alguna vez perteneció a mi infancia, ahora veo la puerta de mi sala, el color marrón de la madera se fue perdiendo con el tiempo, no está cerrado con llave, un sentimiento de pena y miedo recorre mi brazo al querer abrir la puerta, pero sé que tengo que hacerlo; solo un reloj en la pared que da las seis y vente queda, y al costado dos cuadros antiguos que dan un aire diferente al polvo que cubre el resto de la sala, el sillón ya no está, solo dos pequeños sofás que se ven abandonados y tristes en una esquina, en una de las paredes la biblioteca de mi padre, los libros se pierden en el polvo que año tras año se fue rebelando hasta conquistar todo el espacio, en la cocina algunos platos, la mesa ya no está, hay muchas cosas que ya no están.

Subí las gradas, tenía que ver una vez mas mi cuarto, por el balcón se puede ver las montañas de mi ciudad, también el árbol de peras, me doy cuenta que ya van naciendo nuevos frutos, y ahora frente a la puerta de mi cuarto, la nostalgia se pierde en su interior, ahí fue mi refugio en noches de lluvia, el rincón donde algunas veces florecía la tristeza por algún amor perdido, el lugar de mis sueños y pesadillas; abro la puerta, el polvo también conquisto el segundo piso, oscuro, algunas telas de araña decoran el vacío entre las paredes, sólo se ve un poster en una pared, mi cama ya no estaba, ni mucho menos mi ropa, ya no era mi cuarto. Por más que buscaba similitudes con las imágenes que llevaba en mis recuerdos, no las encontraba, fue la primera vez que, después de tanto tiempo, me sentí sin hogar, entonces sólo quería salir de ahí, ya no quería ver más los rincones de mi casa, ya no quería ver más el jardín donde algunas veces jugaba con ella, ya no quería entrar otra vez a la sala donde de niños esperábamos a mi madre, quería correr, quería huir, pero una idea se apodero de mi mente, tenía que entrar a un cuarto más, tenía que entrar a su cuarto.

Cuantas veces me negué a aceptarlo, cuantas veces no quise pensar en eso, no podía, no quería, odiaba a la gente que por lo menos insinuase el tema, ahora, después de ocho años ya no había mas excusa, su cuarto junto al mío, sólo a unos pasos, respiro, intentando tomar valor, pienso en las cosas que viví y poco a poco camino hacia su cuarto, su puerta está ahí, al costado su ventaba, cuantas veces la vi por su ventana, ella pintando algo y yo molestándola, ella gritándome y yo riendo como tonto, ahora ya no es así, ahora el vacío lleva su nombre, ahora el recuerdo de su sonrisa lacera, dudo una vez más, no quiero aceptarlo, pero sé que ya tengo que hacerlo, mi mano toca su puerta y lentamente la empuja.

Pienso en el reloj de la sala, seis y vente, ya sin pilas nunca pudo avanzar más, el polvo parecía que en él había encontrado un mejor amigo, será esa hora, la última que ella vio? seis y vente de hace tantos años, me gustaría ser esa hora, me gustaría robarme esa hora, me gustaría olvidar esa hora. El vacío que su cuarto me dejo, hace que mi corazón esté a punto de ahogarse, y a pesar que la calma intenta rescatarlo, no es lo suficientemente rápida para evitar ese dolor de estar naufrago, vacío, su cuarto esta vacío, ya no tiene los miles de peluches que antes adornaban las esquinas, ya no está el lápiz y el papel…ya no está el color de las paredes, ni los gritos ni las risas, ni la música ni la alegría… ya no está ella y tampoco yo.

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