El barrio
- En el barrio era ya tradición salir en las noches para un pequeño partido de futbol, los arcos hechos de una que otra piedra y cada vez que un auto pasaba, era pausa obligada, te recuerdas?
- Si, en mi barrio lo hacíamos también
- Siempre jugábamos hasta muy entrada la noche y cuando era un viernes o sábado, después de la pichanga nos íbamos a la tienda de la casa vecina, ahí la tía nos fiaba y muchas veces, también, teníamos que dejar documentos o casacas por un par de piscos o por alguno que otro trago barato. Recuerdo que un día un amigo dejo su casaca por una cajetilla de cigarros y por un combinado, nunca la volvió a recoger, cada vez que tenía que pasar por la tienda lo hacía con una frescura y despreocupación que muchas veces creía que ya su deuda había sido saldada. Un día en carnavales y queriendo levantar el árbol para la yunza unos cables eléctricos se enredaron con el árbol, él busco un palo del tamaño indicado para desenredar el árbol, era uno de los más respetados del barrio y no por ser un buen chico sino por su viveza que muchas veces lo llevo hasta la comisaria, los niños reunidos para la fiesta y esperando que el árbol estuviera listo, miraban con atención el palo largo que se disponía a librar al árbol, nosotros estábamos por algunas calles de los demás barrios esperando que una u otra chica saliera y así poder bombardearla con globos de agua. Ya al caer la noche y con un sentimiento algo extraño nos dirigimos al cuarto donde normalmente se hacían las reuniones del barrio, entramos a ese cuarto donde tantas veces hicimos fiestas chupas acuerdos de los más importantes… esa noche pudimos expresarnos mejor que otros días y el compañerismo se hizo más fuerte, hablamos lo que teníamos que hablar y le dimos el ultimo adiós al chico que un día nos hizo reír empeñando su casaca por fallos y licor, solo así pudimos comprender quien era, solo así la muerte tocaba por primera vez nuestras puertas, recuerdo que esa mañana, unos amigos y yo lo buscamos para también con él, salir a buscar victimas de nuestras travesuras carnavalescas, sin encontrarlo decidimos partir solos y en el trascurso del día, nunca nos preguntamos qué es lo que estaría haciendo, ni en el instante en que los cables se cruzaron con otros, ni en el momento en que a él se le veía parado, inmóvil, como contemplando el cielo, tal vez incluso como saldando cuentas con el divino, solo unas cuantas miradas, miradas de niños atónitos, mudos y sin la mínima idea de que es lo que ahí pasaba, la gente mayor que estaba ahí, según escuchamos después, solo atino a mirarlo, tal vez sorprendidos por el momento, tal vez desinteresados, tal vez sin ganas de querer ser el héroe del día… o simplemente porque no les importaba, lo dejaron ahí, como deseando que pagara sus pecados. A los días su padre llego al barrio, un hombre que había dejado a su familia cuando él tenía 5, su madre, que muchas veces le había botado de casa, dejo por ese día de tomar, el padre lloraba e intentando llenar su cuerpo de trago fuerte, decía y repetía -mi hijo- la madre desconsolada, acompañada de lagrimas y gritos vestía una pollera mal puesta y una chompa negra, chompa que era estirada por las manos que intentaban contenerla para evitar que la tristeza hecha locura, se lanzara al padre ya huérfano. Comprendimos que tanto el uno como el otro ya habían dejado hace mucho tiempo de ser su familia, le dedicamos una de nuestras ultimas borracheras, le prendimos una vela uno que otro le dedico una oración nos miramos y en muchos de nosotros vimos la realidad que él dejo…
Después de 2 horas de buscar el libro indicado y una hora de conversar con los amigos se decidió a ponerse a estudiar la concentración se le escapaba y la tentación de sacar otro libro de su bolsa era ya casi irresistible, se sentía bien ahí, tenia lo que siempre soñó , mares de libros a la derecha y la izquierda y lo nuevo de la tecnología, siempre se le veía concentrado, cada vez que solíamos hacer la pausa de costumbre se sentaba a la mesa y empezaba hablar del nuevo libro que acababa de recibir prestado, tenía en sus ojos esa luz que la juventud muchas veces esconden o que con el tiempo pierden, los demás escuchaban, a veces con interés y otras con fastidio de no comprender algunas cosas, con cada palabra que emanaba de su boca se le veía volar, sintetizaba lo hermoso de la sierra peruana y lo convertía en pasión, muchas veces hablaba de Vallejo y decía que su poesía nos lleva de lo concreto a lo abstracto, de lo físico a lo intelectual, de lo cotidiano a lo espiritual. Decía que el poeta era el poeta de la incomprensión, nuestras pausas no duraban mucho pues después de todo el tiempo que perdíamos en llegar a concentrarnos solo nos quedaba poco para poder asimilar la clase del día y hacer nuestras tareas, el portero, que con el tiempo se hizo amigo nuestro, siempre tenía que ir hasta su carpeta y decirle que era el ultimo y que ya tenía que salir. Las noches en Berlín se sentían siempre tan eternas, con ese aire que nos relajaba antes de llegar a casa, el siempre miraba el rio y parecía que hablara con él, se sentía entero y recién nacido, camino al tren siempre se asomaba uno que otro marroquí a ofrecer algo para fumar, en verano los mendigos invadían las plazas y casi siempre dormían ahí, las masas de latinos que llegaban a Berlín se reunían en una plaza de nombre Alexanderplatz. A veces era uno, otras dos y otras hasta cinco los que se quedaban hasta la última llamada que decía que ya cerraban la biblioteca, pero en lo general, cuando la lectura se hacía más interesante, era cuando daban las nueve de la noche y su segundo hogar tenía que cerrar, en la cafetería de esta, había una maquina de café y una de dulces y galletas, unas cuantas mesas y muchas charlas interesantes. El día que sentados ahí él me pregunto si recordaba mi barrio y después de una afirmación, me cuenta esta historia, me doy cuenta que lo hace de una forma singular, como acariciando el tiempo.
Categorised as: J-C