Ese jueves
Ese día, en la Marienplatz de Múnich, dos almas estaban a punto de encontrase, ese jueves los turistas caminaban como de costumbre, esta plaza siempre paraba llena y muchas veces uno caminaba con cierta incomodidad a través de toda la masa de gente extraña que paseaba por ahí, ya estaba atardeciendo y en el día no había salido mucho el sol, es más, había llovido algo. Por la calle Tal un muchacho caminaba acompañado de su viejo amigo nerviosismo, este le decía que mirara cada 2 minutos al reloj que no tenia, así que el muchacho tenía que sacar su celular para ver si aun tenía tiempo para pensar. Él tenía una mochila, en la mochila un libro ignorado esa tarde, pensaba que le podría decir, planeaba donde podrían ir, estaba decidido a que esa sería la última vez que salieran juntos, se había puesto su mejor traje, una camisa mal planchada y una chompa comprada de oferta en una tienda de Múnich, intentaba esquivar a todo esa gente que parecía caminaban en su contra -Maldición!- se repetía y es que ya estaba tarde, pensaba llegar al Fischbrunnen con 10 minutos de anticipación, pues quería verla llegar a la plaza, quería contemplarla caminar y así poder guardarla en sus recuerdos, ahí donde solo él podía entrar, donde solo él podría dejar entrar, pero el plan ya había fracasado, renegando por toda esa gente extraña, por todos esos turistas que se les ocurre visitar esa ciudad en un día como hoy, se abre paso con paso apurado, no pudo pensar donde irían, ni tampoco que es lo que le diría, su mente sufrió un derrame de ideas y solo pensaba en llegar, hasta ahí no eran más de 100 metros, pero la gente hacia dar la impresión que eran 1000 metros…
Tenía una blusa negra, pantalones del mismo color y el cabello suelto, llevaba un collar, collar que semanas antes había recibido de regalo, regalo que estaba acompañada de una nota, nota en la cual la comprometían a usar ese collar en una cena, cena a la cual fue invitaba por ese muchacho que no tenia reloj, invitación que fue muchas veces recordada hasta que por fin, ese día seria el Día. Tenía la mirada escondida, apoyada a esa fuente donde muchas veces la gente tiraba una moneda esperando se cumpla sus deseos, ese era un punto de encuentro preferido por muchos muniqueses así que siempre estaba concurrida, pero eso no impidió a que él la rastreará con su mirada y al verla ahí, con la mirada baja, el cabello suelto esperando sin aires de esperar, se detuvo un momento, silente contemplando su silueta, buscando su mirada, pintándola en la pared más grande de sus recuerdos, suspiro fuerte y armado de la sonrisa más tranquila que pudo tener se acerco a ella, ya a pocos pasos de poder hablarle, ella levanta la mirada, una sonrisa hace que él olvide el saludo que ya tenía pensado, solo atina a disculparse por la tardanza, ella con una risa le dice que no hay problema, él intenta despertar de su trance, pues a pesar que ya la había visto muchas veces, es ese día en que de ella salía con más facilidad aromas de hermosura hechas mujer. Ella, con una mirada que desentona el momento, devuelve a la realidad al despistado. -A donde vamos?- le pregunta para disimular la incomodidad, él, sin saber respuesta alguna, improvisa diciendo que conoce un restaurante que es muy bueno, que está por ahí cerca, pero, añade después, que aún es temprano y le pregunta si desea antes ir a tomar algo, así podrían hablar un poco antes de la cena, ella lo piensa un poco y acepta, con un respiro fuerte él agradece al momento por haberle ayudado de salir de esas, pues aun no sabía a qué restaurante podrían ir.
Imbatible, es así como se llamaba el bar donde después de 10 minutos de caminata se sientan las dos almas a una mesa, piden un par de cócteles, una vela alumbraba las miradas que no dejaban de cesar, él intenta hablar de alguna cosa, normalmente siempre conserva la calma, siempre muestra un tono de cordura, pero ese día no sabe en dónde está, no sabe si lo que dice es cierto o solo producto de su derrame ideal, ella le escucha y se ríe sin cesar, cada risa burlona hace que él se sienta más masoquista, masoquismo dulce pues cada vez que ella se ríe de alguna incoherencia de él, se siente tonto, mal, pero la alegría, la risa que nace de ella, hace que él quiera más… un salud por ella, un salud por ese día, un brindis por lo que fue, por la noche, noche de luna llena, luna llena que aun guarda en sus elucubraciones y en esa esquina del bar imbatible, donde las miradas se cruzaban y suspiraban, ahí donde por la ventana, rayos de ternura caían como acariciando el momento, después de dos abrazos tímidamente calculados, él se acerca a ella, la tiene en sus brazos, ella corresponde al abrazo haciendo que él pierda la noción del tiempo y espacio, solo se escuchan latidos en el pecho, latidos hechos poesía adornados de rayos de luna llena, él no sabe que hace, quisiera que el momento se quedara para la eternidad, se acerca más, acaricia su cabello, con temor acerca su rostro al de ella, su corazón la busca y sus labios la encuentran, el corazón a punto de explotar, siente por primera vez lo sublime que puede llegar hacer una noche, y en sus labios lo más próximo a la felicidad divina, no quiere dejar de besarla, pues el miedo a que solo sea un sueño se apodera de él, pero el momento tiene que llegar, luego del abrazo ella le pregunta, el por qué lo hicieron, temeroso sin saber qué hacer, él le confiesa el amor escondido que siempre llevaba por ella y antes que pueda decir algo más, la vuelve abrazar y con otro beso, él, comprende que ya está en el paraíso.
Después de acompañarla a su casa y hacer una cita para el próximo día, él sale corriendo en dirección del bar imbatible, pues después de haberle dado el último beso, él recuerda que llevaba una mochila, la cual por todo lo vivido, había sido olvidada en susodicho bar, al llegar ahí, el dueño le reconoce y le entrega la mochila, que por suerte la había guardado antes de que alguien se la lleve. Pasaron muchos años hasta que por fin, en la estación que lleva de nombre el apellido de un gran filosofo alemán, sentados a una mesa conocida, él le pregunta qué ha sido de su vida, intenta hablarle con diplomacia, sin decir cosas que lo dejaran como un tonto, sin mostrar de lleno sus sentimientos, después de el primer vaso de agua, se da cuenta que no puede, ella lo conoce demasiado bien como para fingirle algo, en momentos se maldice, maldice el momento en que se dio a conocer, recuerda los planes hechos a medio, le da ganas de removerle los intestinos recordándole lo que pasaron juntos, de las noches de besos intensos, donde exploraron todos los niveles de la pasión y la intimidad, de los temas que fueron desde los más importantes hasta los más bobos, de las promesas que no fueron cumplidas, le da ganas de acercarse como la primera vez y decirle suave al oído lo preciosa que se ve, de pedirle perdón, de perdonarla, sus ojos vuelven a perderse en lo profundo del pretérito, en los cientos de DVDs que miraron juntos, en los vicios que tenían matices de abrazos, no quiere mirarla pero lo hace, la diplomacia ya no es solución.
Cinco minutos, pasaron cinco hasta la capitulación, pues el corazón ya emancipado daba alardes de locura, él la mira e intenta tomarle las manos, ella se niega, pero luego sede, tal vez lo hace por un sentimiento de compromiso; él le dice lo mucho que le hace falta, las palabras no bastan, él comprende que la felicidad es distinta a la de antes, ha pasado mucho y sabe que aunque estén separados, que aunque hubo tiempos en que el odio y el amor eran dos cosas que se semejaban, ahora solo espera que ella sea feliz, no sabe cómo explicarlo, palabras entre cortadas hacen que el momento se sienta más solo, ella le dice algo, él comprende entre líneas y la vuelve a mirar, ya no sabe más que decir, luego la acompaña a su casa y en camino va tramando tristemente excusas para sentirse bien, una vez más se desconoce y se da cuenta que los jueves, un derrame cerebral cobra otro significado al que él tenía en su diccionario, que un jueves nació algo hermoso, para morir en otro.
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